Aún podía lamer las gotas de sangre que quedaban en su rostro,
podía sentir aún el calor propio de aquellas cosas de acaban de morir.
Disfrutaba, con locura en la mirada, mientras contemplaba lo que él denominaba
''obra maestra''.
Eran las doce en punto y el reloj de la catedral de San Jorge comenzó a sonar. Con cada campanada él reía, burlándose de lo cotidiano y de lo ordinario. Era un hombre excepcional, medía 1'82, pesaba 83 kilogramos, de raza blanca descendiente de colonos y a pesar de ello pelo oscuro como el carbón. Y luego, por último, estaban sus ojos, ojos dementes, inseguros y sin embargo, cautivadores...
Eran las doce en punto y el reloj de la catedral de San Jorge comenzó a sonar. Con cada campanada él reía, burlándose de lo cotidiano y de lo ordinario. Era un hombre excepcional, medía 1'82, pesaba 83 kilogramos, de raza blanca descendiente de colonos y a pesar de ello pelo oscuro como el carbón. Y luego, por último, estaban sus ojos, ojos dementes, inseguros y sin embargo, cautivadores...
-Vamos, date prisa o llegaremos tarde.
-¿Por qué tenemos que ir? A penas la conocíamos...
-Es por pura educación y...
-Y porque va a ir Ezequiel, vale, ya me doy cuenta pero me tienes
que prometer algo.
Elisa suspiró cansada del juego que estaba llevando a cabo.
-¿El qué?
-No intentarás detenerme cuando quiera adentrarme en el bosque.
-Pero, hermana es que...
Hice un gesto que cortó su palabrería.
-Y mucho menos cuando vaya sola.
-Es peligroso, solamente lo hago por tu bien...
-Elisa, yo sabré lo que es bueno para mí.
Con esa fría frase unida a una mirada fulminante nos fuimos a la
catedral de San Jorge donde un carruaje fúnebre esperaba a la entrada rodeado
de aquellos ateos y curiosos que querían saber pero no demasiado.
Elisa y yo nos adentramos en las penumbras, metiéndonos de lleno
en el mar de silencio. La ceremonia parecía estar en su apogeo. El cura
bendecía la hostia y todos aquellos afortunados de tener asiento se encontraban
de rodillas.
-Lo que hace un asesinato...-Solté como un pensamiento en voz
alta. Los pocos que consiguieron oírme me miraron con desprecio.
Elisa me guío a través de la catedral, alejada del verdadero
motivo por el que todas aquellas personas estaban allí. Cuando alcanzó a su
objetivo se deshizo de mi mano y sus mejillas tornaron a un color rosáceo.
-Hola, Ezequiel.-Susurró con vergüenza.
Ezequiel se dio la vuelta. Sus ojos eran canela pero cambiaban
constantemente según la luz, el día y la hora. El pelo era rubio, per no
llegaba a ser intenso, más bien oscuro. Y luego también tenía ese bronceado de
piel tostada perenne ya fuera invierno o verano.
Sonrió mostrando una hilera de dientes perfectos conseguidos
gracias a una ortodoncia novedosa durante dos años.
-Hola, Elisa....No sabía que conocieras a Negara.-Susurró. La
mujer de al lado lo miró de reojo.
-Íbamos juntas al colegio.-Mintió sin más mi hermana.
Yo me quedé en segundo plano, formando parte de la decoración de
aquella inmensa catedral.
-Que el cuerpo de nuestra querida Negara Ortiz Nogales arrebatada
a una tierna edad descanse junto a Dios por siempre. Podéis ir en paz.
-Demos gracias al Señor.
El órgano comenzó a sonar al compás de los llantos de una familia
rota mientras el ataúd de madera de noble pulida se deslizaba lentamente en su
último viaje por aquel pasillo.
Era como un viaje, un viaje del que nunca se volvía.
Cuando salimos Ezequiel se percató de mi presencia y con una
tímida pero pura sonrisa me saludó.
-No sabía que tú también estuvieras y que conocieras a Negara.
-No la conocía. ¿Y tú? ¿De qué la conocías?
-Era vecina mía, nuestras casas son contiguas y cuando éramos
niños jugábamos juntos. Tenía dos años menos que yo. Nos empezamos a separar
cuando comenzó el instituto. Una pena su muerte.
-Vaya...no me cuentas nunca nada de eso Ezequiel.-Se hizo la
molesta Elisa, la cual ni si quiera se había dignado en preguntar.
-Bueno...a penas nos vemos ya y...no sé, no surgió la ocasión.
Elisa sonrió alegremente, llena de inocencia y rodeada del manto
de lágrimas y muerte que siempre acompaña a un entierro.
-¿Qué os parece si damos una vuelta?-Sugerí mientras me imaginaba
mi propio entierro.
Ambos asintieron.