Su
tez pálida parecía gris con el reflejo de la luna y sus ojos azules parecían
seguir enloquecidos. Se movía por las calles como un fantasma sin casa, un alma
sin cielo, un muerto sin tumba.
Todo
su cuerpo se contorneaba, danzando patéticamente, con pura incoherencia.
Los
pocos que se atrevían a salir a esas horas a la calle lo miraban con una mezcla
de asombro y repugnancia. Pero él los ignoraba. ÉL solamente pensaba en una
cosa. Algo que le atormentaba locamente y no le dejaba vivir…yo.
La
sangre salpicó su rostro, como cada noche desde hacía ya más de tres semanas.
Una joven, bella, con media docena de pretendientes y otra media de amantes se
debatía delante suya entre la vida y la muerte.
-¿Por
qué?-Lloriqueaba.-¿Qué he hecho yo?-Decía la víctima y con cada palabra se le
iba la vida.
El
enloquecido la contemplaba con demencia mientras con las uñas le abría
lentamente rajas por todo el puro cuerpo de la muchacha.
Volvía
a ser noche de Luna llena.
A
pesar de todo al día siguiente siguió saliendo el sol por la mañana. El cartero
siguió repartiendo el correo, el panadero seguía haciendo el pan, el reloj
continuaba indicando que el tiempo pasaba y, como cada mañana, las campanas de
la Catedral de San Jorge siguieron sonando con esa melodía cotidiana y vulgar
que se colaba en la cabeza.
Aquella
mañana recibí carta.
-Ten,
Bella, es para ti.-Dijo mi padre mientras leía el periódico, entregándome un
pequeño sobre.
-¿Quién
te escribe?-Preguntó con curiosidad Elisa mientras le daba un buen mordisco a
su tostada con mermelada.
-No
lo sé.-Dije inspeccionando el sobre blanco y puro, en el que solamente estaba
escrito con una perfecta caligrafía mi dirección.
-¿No
pone el remite?-Intervino mi padre con una curiosidad recién descubierta.
-No,
no pone nada, solamente nuestra dirección… Ahora vuelvo.
Me
levanté de la mesa dejando a un desconcertado padre y a una curiosa hermana en
la cocina. Subí escaleras arriba hasta llegar a mi cuarto, al fondo del
pasillo.
-Seguramente
será de ese chico y no nos lo querrá decir.-Escuché decir en la lejanía a mi
padre.
Tras
cerrar la puerta abrí el sobre con nerviosismo, rompiéndolo en mil pedazos
hasta encontrar lo que había dentro.
-No
puede ser…-Susurré para mí.
Tres
folios con una perfectísima caligrafía y un lenguaje cuidado se extendían,
llenos de enigma, ante mí.
De
nuevo, tras años y semanas sin saber de él, él , por encima del tiempo, de las
normas y leyes absurdas se hacía oír, sentir, oler…vivir.
Probé
cada palabra, degustándola, procurando que su exquisito sabor no me hiciera
llorar. Cada hoja era agua en el desierto.