La noche fue cayendo como un flan derretido, espesa y
lentamente. No quería irme a la cama, no quería entrar en el inconsciente mundo
de los sueños…No…
Elisa y Ezequiel se despedían calurosamente en el porche que
daba al patio de atrás con vistas al bosque y a espaldas de nuestro barrio. Yo
les observaba con la misma curiosidad con la que se mira a un gato lamerse. Me
preguntaba en qué momento de la tarde habían dejado de ser aquellas dos
personas vergonzosas y tímidas que yo creía conocer.
Me alejé de la romántica escena y me adentré escaleras
arriba. Altea, nuestra madre había muerto hacía ya tres años y nuestro padre,
Isaac, cuidaba de nosotras como un obseso, creyendo que si no nos pasaba nada,
nos mantendríamos siempre como aquellas niñas pequeñas que hace años dejamos de
ser.
-¿Y tu hermana?-La voz ronca y gastada salía forzosamente desde
la puerta del dormitorio de mi padre. Me asomé.
Era un hombre grande, con una mirada tierna color caramelo y
la piel tostada que reflejaba las horas de trabajo bajo el sol. Llevaba siempre
una barba dejada de varios días, ya cana, porque nuestra madre siempre le había
dicho que le encantaban los hombres con barba. Creo que desde entonces no se
volvió a afeitar del todo.
-Está abajo…-Dije con voz seca.
-No me gusta que andéis por la noche afuera, ya sabes
lo que le ha pasado a esa pobre muchacha…-Se
levantó del borde de la cama donde estaba sentado no sin antes guardar la foto
de mi madre cuando era joven.-Este pueblo parece cada vez más peligroso. Hija,
cuando oscurezca quiero que tú y tu hermana estéis aquí…Porque ambos sabemos lo
que ha pasado y todos saben que él sigue suelto.
-¿Él? ¿Cómo estás tan seguro de que es un hombre?
-¿Cómo una mujer iba a poder hacer eso?
No dije nada. Acababa de descubrir que la mente de mi padre
seguía anclada en el pasado, un pasado oscuro y al mismo tiempo lleno de luz.
Volví a bajar para avisar a mi hermana de que nuestro padre
estaba en casa cuando sentí la puerta de porche abrirse.
-¿Has visto eso? Ha sido…increíble.-La mirada de Elisa brillaba
de esa forma especial en la que brillan los ojos cuando te enamoras por primera
vez.
-Pero… ¿cómo ha sucedido? No me he dado ni cuenta…
-Fue cuando tu estabas comprando la merienda y los dos
estábamos en ese banco del parque…¿recuerdas?-Asentí-Pues me tomó las manos, me
temblaba todo el cuerpo y me susurró que me quería…Luego, cuando llegaste,
hicimos como si nada y ahora al despedirnos él no se pudo contener y…
-¿Y qué?-Contestó Isaac bajando el último escalón y
observando con dureza la confidencia.
-Y nada, papá.-Dijo Elisa tragando saliva.
Aunque ella creía que mentía genial se le notaba en la
mirada, en los labios y en cada célula de s cuerpo cuando lo hacía.
-¿Quién es ese muchacho?-Inquirió mientras se llenaba un
vaso de agua.
-Un amigo solamente, Bella también le conoce.
La mirada inquisitoria cayó en mí. Yo tenía dos años más que
mi hermana y mis locuras hormonales habían pasado a un segundo plano.
-¿Ah si?
-Sí, es compañero en mi escuela. A penas lo he visto un par
de veces pero parece buena persona.
-¿Te gusta?
Nunca me imaginé a mi padre hablando de amor. Un tipo
fuerte, grande, varonil y chapado a la antigua. E amor para él era algo que se
dejaba para las mujeres o los mariquitas, no para los hombres.
Pero conforme iba recapacitando e intentando asimilar la
situación, comprendí que lo que pretendía mi padre era ocupar el hueco vacío
que había dejado nuestra madre.
-No sé qué contestar, ha sido inesperado pero…-Miré la cara
suplicante de mi hermana y recapacité. A mi hermana, su pequeña flor pura y
casta, criada entre algodones y seda no se le consentiría salir con un ‘’medio
hombre’’, como mi padre llamaba a los jóvenes, ni en sueños pero a mí, alocada
por naturaleza se me permitiría hasta quedarme en su casa a dormir.- Sí, sí que
me gusta, papá. Aunque ya no estamos en la edad media y no tiene que pedirte
permiso para salir conmigo.
Puntualicé.
Mi padre se quedó frío, sin saber muy bien cómo reaccionar,
pensando quizás qué habría hecho mamá en aquellos instantes.
Sin mediar palabra dejó su vaso vacío en el fregadero, miró
a mi hermana u luego me dio un beso en la frente. Se fue escaleras arriba hasta
su cuarto y allí se encerró. Tal vez habría vuelto a mirar la foto de mamá y a
lo mejor le estaría preguntando cómo debía de comportarse, qué debía de hacer
frente al amor. Un amor tan falso, tan egoísta, tan equivocado…
La noche se dice que es para un determinado grupo de
personas. Están los que no tienen nada que perder, los borrachos, las
prostitutas y por último, los poetas. Todos ellos forman y deforman la noche a
su antojo porque a todos ellos le pertenece. A todos ellos y a él…
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